Después de la última: desde la medalla hasta el principio…

Ya han pasado algo más de dos semanas desde que corrí unos cuantos kilómetros por las calles de Valencia. Tiempo para digerir el camino que he caminado desde que decidí inscribirme hasta que crucé la meta y para ingerir alguna que otra cerveza.

Durante estas dos semanas he tenido bastante sensaciones enfrentadas entre ellas y ellas me estaban arrastrando todo el rato a mi como ángel y demonio.

Es innegable y de total orgullo todo el camino realizado desde el momento de la inscripción hasta que tuve la medalla colgando de mi cuello. Ha sido un camino que no ha sido fácil, con entrenos realmente duros, de dos horas al día por seis días de la semana. A veces he tenido que hacer autenticas peripecias para poder cuadrar mis quehaceres diarios con los entrenos y es que además de prepararme un maratón he trabajado, estudiado y todas las cosas del día a día. Además de corredor aficionado soy trabajador, estudiante… y persona! (corredores profesionales, vosotros también sois personas aunque a veces piense que venís de otro planeta).

Y ahí es donde me ha venido el ying y el yang, la cal y la arena, el ángel y el demonio. Se te hace difícil definir lo bueno y lo malo, si es que hay de una cosa u otra.

Haciendo una recopilación de momentos desde la medalla en mi cuello hasta el día 1 de entreno podría decir con bastante acierto que la mayoría de momentos fueron de alegría al ver como yo mismo me superaba y que estaba rodeado de personas que me han apoyado y confiado en mi desde el minuto uno. Eso a nivel general. A nivel detalle recuerdo momentos no tan buenos, contando cuatro en todo el proceso de entrenarme para el maratón.

Como aquel día que haciendo fartleks en la montaña me encontré una piedra en el camino (y nunca mejor dicho) que hizo que yo me fuese al suelo. Resultado: tobillo doblado, rasguños en las rodillas y brazos, golpe en la cabeza… me hicieron falta un par de semanas para volver a estar a tono de nuevo.

Otro momento fue cuando una silla que utilizaba en casa se partió, literalmente, en dos, y claro, cuando yo estaba sentado en ella. Resultado: un morado en la pierna derecha que poniendo mi mano con la palma abierta no lo conseguía cubrir. Seguí entrenando pero el morado pasó a ser doloroso y me tuve que parar. En ese momento mi doctor me dijo que valorara parar por un tiempo o hasta dejar la preparación. Le hice caso, paré un par de semanas y cuando me comencé a encontrar más o menos bien, vuelta al lío. Estoy seguro que mi doctor me habría dicho que estaba loco ya que el morado seguía estando pero escuché mi cuerpo y me dije «vamos!».

Luego de esto, quizás por apoyar mal o que se yo, se me comenzó a cargar el talón del pie de la pierna derecha (fue en la izquierda donde tuve el morado). Lo achaqué a que como tenía un poco de molestia en la otra pierna, pues claro, esta se me carga más de lo normal. Pues bueno, ahí sigue la molestia en forma de que cada vez que compito o caliento 20 minutos o no tiro. Creo que le llaman bursitis pero de verdad, ni lo he preguntado. Me pilló en un momento que o seguía con el plan aunque fuese haciendo oídos sordos a mi cuerpo o paraba definitivamente. El 19 de noviembre se iba acercando y no tenia mucho margen de maniobra. Ahora ya sabéis que opción escogí. Seguí echando monedas cuando en la pantalla asomaba el «game over».

Pero curiosamente estos tres escollos, con sus particularidades y dificultades no fueron los más difíciles de superar. El cuarto escollo a superar fue mi cabeza.

Hay días en los que acababa el entreno totalmente agotado, preguntándome cosas como «todo esto vale la pena?» «para que acabar hecho una piltrafa en los entrenos si voy a acabar igual aunque sea con un tiempo diferente» y así hasta el infinito. Noches en las que llegaba a casa con las piernas totalmente adoloridas, acostándome en la cama y no conciliar el sueño hasta pasado un buen rato por el dolor en las piernas debido a la intensidad de los entrenos. Tener pensamientos negativos y dolores es como una bola de nieve bajando por una montaña. Todo comienza con un copo pero acaba siendo una bola que arrastra todo lo que se ponga por delante. Llegó un punto que pensé en abandonar, en pensar que no valía la pena todo el tiempo que estaba invirtiendo y los dolores que estaba teniendo. Y todo esto a más o menos a menos de mes y medio para la fecha. Pero necesitaba superar esto. Si pude superar o capear de alguna manera unos problemas físicos como podía ser que un pensamiento limitante me acabase haciendo morder el polvo. Necesitaba una estrategia, algo que mi hiciese salir de la espiral en la que estaba inmerso y me iba absorbiendo cada vez más. La estrategia fue la siguiente:

Esto que veis es lo primero que veía cuando me despertaba por la mañana. Lo tenía colgado de manera que nada más abrir los ojos por la mañana lo leía. Y claro, también cuando me iba a dormir, esas noches que me iba a la cama con las piernas con dolores, lo leía. Cuando me despertaba en la noche con dolor, lo leía. Cuando hacía la siesta, lo leía. Aunque fuese algo muy sencillo reunía varias cosas que me daban motivos para no decaer: una meta concreta (3h45m), en un lugar concreto (Maratón de Valencia) con una motivación concreta (Run4Us). Esto, que parece tan sencillo, es lo que me daba aire en los momentos que no lo tenia, felicidad cuando ésta decidió quedarse fuera de mi, visión cuando se fundieron las luces, dirección cuando el volante dejó de actuar.

Esta simple combinación fue mi gel recuperador cada noche después de cada entreno y mi sol en los ojos cada mañana.

Y lo siguiente que viene ya lo conocéis.

 

Un comentario sobre “Después de la última: desde la medalla hasta el principio…”

  1. Eres la mayor inspiración que puede tener cualquier persona que esté a tu lado. Me alegra poder haber vivido esas sesiones de entrenamiento infernales que cuando todo el grupo terminaba el entreno a ti aún te seguían quedando la mitad de las series, la mitad de las fartlegs o la mitad del rodaje. Ha sido toda inspiración poder acompañarte en bici en los largos rodajes de los domingos hasta Valencia y se me llenan los ojos de lágrimas de orgullo recordar la sensación que tuve cuando te vi cruzar esa pasarela azul hasta la línea de meta.

    Es un orgull tenir-te al meu costat ninu. No canviïs mai la manera que tens de veure les coses i d’afrontar-les.

    T’estimo preciós i aquí estaré per apollar-te en cualsevol projecte que emprengui.

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